Diosa de la Guerra
La batalla entre Atenas y Hades fue colosal, como nunca humano alguno hubiera conocido y como pocos en el Olimpo hubieran vivido. Tembló la tierra y se abrió dejando salir el fuego del inframundo. Aquello no arredró a Atenea que detenía los ataques con su escudo mientras embestía con la fuerza de mil caballos. Sin embargo aquella batalla se prolongaba y hasta los dioses comenzaban a cansarse, pues no eran inmunes a un poder semejante. Finalmente, la perseverancia de Atena se impuso, hizo acopio de fuerzas e invocando a los cielos invocó una gigantesca tormenta cuya energía concentró para en un golpe final con su lanza mandar a Hades maltrecho de vuelta al inframundo. Aquello decantaba la balanza y devolvía al mundo conocido el equilibrio. Los griegos rechazaron a los persas y conservaron su territorio, mientras que éstos se conformaron con asentarse al otro lado del Bósforo. En agradecimiento, los atenienses consagrarín a Atenea una de sus obras cumbres, el Partenón, una maravilla de marmol pentélico que se erigía en la colina de Atenas en honor a la protectora de la ciudad.